La verdadera doctrina Católica acerca de la cremación

La Cremación es un rito fúnebre que consiste en quemar los cadáveres y reducirlos a cenizas. Se diferencia del sepelio entierro que consiste en consignar el cuerpo a la sepultura o a criptas sepulcrales dejándolos a la acción lenta y disolvente de los elementos naturales.

Tanto la cremación como el entierro tuvieron su origen en los tiempos remotos de la antigüedad. Unas veces los dos están aislados, otras combinados, y en otras ocasiones uno de los métodos prevalece.

La selección del rito, o ceremonia, se hacía con frecuencia, en conformidad con las creencias religiosas del pueblo. Cuando aquella gente consideraba la vida venidera como una continuación de la presente, daba sepultura a sus difuntos. Cuando opinaba que la vida futura era nada más que una abstracción, empleaba la cremación.

De vez en cuando, estando un ejercito a punto de ser vencido incineraba sus muertos para resguardarlos de la profanación del enemigo.

Entre los Cananeos, Caldeos, Griegos y Romanos estaban ambos ritos en boga. Los Medas y Persas tenían a la lumbre por cosa sagrada y creían que se contaminaría con la cremación. El país de los Egipcios estaba cubierto de tumbas, mientras que los judíos sepultaban a todos los suyos.

Se lee en el Antiguo Testamento del entierro de Abraham y Sara, (Gén., XXV, 9-10) de Jacob, Isaac y Rebeca, (Gén., XLIX, 31) de María, hermana de Moisés, (Núm., XX, 1) de Aarón, (Deut., X, 6) José, (Josué XXIV, 32) Saúl y Jonatás, (Rey., XXI, 14); y en el Nuevo Testamento se refiere la inhumación de Juan el Bautista, de Lázaro, San Esteban, etc.

La Iglesia, desde un principio, adoptó el entierro como su método de sepelio. A medida de que la Cristiandad progresaba y las costumbres paganas desaparecían, la cremación se abandonó gradualmente.

En los Hechos de los Apóstoles se lee del entierro de Ananías y Safira (Hechos, V, 6, 10) En su primera Epístola a los Corintios, San Pablo en su discurso sobre la resurrección hace, repetidas veces, mención de aquellos “que han dormido” (refiriéndose al sueño o descanso del cuerpo en el sepulcro) (I Cor. Cap. XV) y en su primera Epístola a los Tesalonicenses habla de su suerte en la segunda venida de Cristo. (I Tes. Cap. IV)

El entierro como forma fúnebre, recibe encomio elocuente de las primitivas Catacumbas, en las que se prescindía completamente de la cremación. Los primeros Cristianos acostumbraban recoger, a veces con riesgo de su vida, los restos de los mártires con el fin de darles religiosa y reverente sepultura.

El oficio de los llamados sepultureros, quienes estaban encargados de los entierros de los Cristianos, casi se igualaba a las Ordenes Sagradas.

En la Edad Media, Catedrales y Monasterios se construían y se desarrollaban, con frecuencia en medio de Cementerios. En efecto, este rito de sepultura, es tan universal en la Iglesia, que muchos atribuyen su origen a un precepto de los Apóstoles, no en calidad de recipientes inspirados de revelación divina, sino como Legisladores Eclesiásticos.

De aquí es que la Iglesia no pudo modificar esta venerable tradición sin motivos de excepcional gravedad. Cuando algunos cristianos quisieron restaurar la cremación, en tiempo de Bonifacio VIII, el Pontífice los amenazó con excomunión automática y prohibió dar sepultura Eclesiástica a las cenizas de personas incineradas.

La idea de la cremación volvió a revivir durante la Revolución Francesa, la que reclamaba para todo ciudadano el derecho de hacer arreglos para la cremación de su cuerpo. Más, el intento no dió resultado de importancia.

La práctica asumió una forma activa, juntamente con el desarrollo del ateísmo y materialismo, a mediados del siglo XIX. La cremación fue autorizada en Italia el año 1873, en Alemania en 1884 y en Francia en 1889. Desde entonces se ha ido introduciendo paulatinamente en diversos países del mundo.

Ante todo este conocimiento, algunos se preguntarán ¿Por qué actualmente la iglesia postconciliar nacida del Concilio Vaticano II, promueve la cremación?

La iglesia modernista o postconciliar promueve la cremación, es porque a partir del Vaticano II, se dejó influenciar por las doctrinas masónicas de la ilustración promovidas en la Revolución Francesa.

Documentos heréticos como: La libertad religiosa, El falso ecumenismo, están impregnados de un verdadero antropocentrismo o sea, que se tiene al hombre como centro de todo, al cual se le da el culto como si fuera Dios. Es por eso que a la iglesia postconciliar se llama la religión del hombre.

La iglesia postconciliar desde el Vaticano II, promueve como un nuevo evangelio, las enseñanzas de la Rev., Francesa en detrimento de las disciplinas apostólicas y de los Papas hasta Pío XII, acerca del uso de la cremación.

Ahora bien, ¿cuáles son las razones principales que suelen alegarse en favor de esa práctica? Son ordinariamente las siguientes:

1. Las emanaciones de un cuerpo en proceso de descomposición constituyen una amenaza a la salud pública. 2. El agua de lluvias que se filtra por los sepulcros se infestará y eventualmente envenenará las aguas de las fuentes de los ríos. 3. Los vapores de la tumbas inficionarán la atmósfera. 4. La Cremación se hará, con el tiempo, necesaria por falta de local en los cementerios 5. La cremación se requiere para no ser enterrado vivo.

La doctrina de la Cremación es, en gran parte, fruto del espíritu materialista y pagano de hoy día. Es defendida de manera especial por los Francmasones y Sociedades secretas condenadas por la Iglesia, las cuales pretenden suplantar las ceremonias fúnebres con ceremonias civiles, y a los Sacerdotes con oficiales públicos. Su última mira es destruir la creencia en la espiritualidad e inmortalidad del alma.

La disciplina de la Iglesia en esta materia está contenida en tres decretos del Santo Oficio y en el Código del Derecho Canónico:

1. El 19 de Mayo, 1886, el Santo Oficio declaró, primero, que no es permitido dar su nombre a Sociedades cuyo objeto es promover la cremación, y que tratándose de Sociedades afiliadas a la Masonería, se incurre en todas las censuras fulminadas contra ésta. Además, que no es lícito disponer que se incinere su propio cuerpo, o el de otro.

2. El 15 de Diciembre de 1886 decretó el Santo Oficio que aquellos que deliberadamente han resuelto ser cremados y públicamente han preservado en su propósito, se les ha de negar los Sacramentos durante la vida—a no ser que se retracten—y la sepultura eclesiástica después de su muerte.

3. En Julio 27 de 1892 el Santo Oficio prohibió la celebración de la Misa, en público, por las almas de personas incineradas, aunque permitió Misas privadas por ellas. Declaró que aquellos que deliberada y voluntariamente ordenan la cremación de su cuerpo son indignos de recibir los últimos Sacramentos.

4. El Código de Derecho Canónico de 1917 manda y legisla en los Cánones 1203 y 1240: — “Los cadáveres de los fieles deben sepultarse; la cremación está vedada. Si alguno ha ordenado, de cualquier modo, la cremación de su cuerpo, será ilícito cumplir su deseo; y tal disposición ha sido insertada a un contrato, testamento, o cualquier otro documento, se debe tener por nula”.

“Las siguientes personas serán privadas de sepultura eclesiástica, si no es que antes de su muerte hayan dado muestras de arrepentimiento: Todos aquellos que han ordenado la cremación de su cuerpo”.

El sepelio, como ya se ha advertido no se prescribe ni por ley natural, ni por ley revelada por Dios. La cremación no es contraria, intrínsecamente, a ningún dogma católico, ni se contrapone a la resurrección del cuerpo, siendo tan fácil a la omnipotencia de Dios el devolver la vida a un cuerpo incinerado como a uno sepultado.

No obstante, el entierro fúnebre es un rito litúrgico tradicional íntimamente relacionado con la fe, culto, y vida moral de los fieles. Las antiguas y bellas oraciones de esa ceremonia carecerían de valor si se aplicarán a un difunto cuyos restos mortales han de ser cremados.

La Verdadera Iglesia guardián fiel de esas ceremonias, está justificada en negarlas a cualquiera que prácticamente las rechaza. Por lo mismo, condena la cremación como rito fúnebre normal.

Ella, la Iglesia, se da cuenta de que pueden presentarse casos excepcionales, como de guerra, pestes, epidemias, en las que tendría que dispensar del rito litúrgico.

Enumeremos ahora, y demos una breve explicación sobre los motivos doctrinales en que está basada esa ceremonia eclesiástica.

1. EL CUERPO ES TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO

La vida del cuerpo dimana del alma, la cual en virtud de la gracia santificante es elevada a una vida sobrenatural. Se santifica por medio de la Sagrada Eucaristía y de los demás Sacramentos.

El cuerpo es el instrumento del alma en sus actos de abnegación, mortificación, y sacrificio por amor a Dios. Por lo mismo debe estar destinado a una gloriosa resurrección.

Es cierto que la descomposición se efectúa igualmente en la cremación que en la inhumación, pero en el entierro el proceso es lento, oculto, e insensible, y obrado por las causas naturales que Dios ha establecido. Es semejante a un sueño tranquilo bajo césped ameno. No es una separación violenta y despiadada, obra de gente indiferente, en presencia de deudos afligidos y horrorizados.

En muchos casos las urnas de las cenizas se despachan como cualquier paquete y se tratan con la misma incuria. Y, peor aún, en algunas partes se ha sugerido usar cenizas para fertilizar los campos.

2. EL ENTIERRO ES SIMBOLO DE PENITENCIA.

La muerte vino al mundo como consecuencia de la caída de nuestros primeros padres, y es, como dice San Pablo, el “estipendio o pago del pecado”. La pena característica de la muerte consiste no sólo en la agonía, sino también y notablemente, en la disgregación y corrupción del cuerpo.

Nuestro Señor Jesucristo y la Santísima Virgen, habiendo sido exentos de la culpa original, no estuvieron sujetos a la disolución y corrupción del cuerpo antes de resucitar.

El desenlace fatal del cuerpo al morir, la destrucción de todas sus vanidades, el deshacimiento en la sepultura, la segregación total de la región de los vivos, todo esto es una imagen expresiva del castigo debido por el pecado.

3. EL ENTIERRO ES UN SIMBOLO DE ESPERANZA, LA CREMACIÓN DE ANIQUILAMIENTO

Cementerio quiere decir “Dormitorio”, sitio donde los finados esperan ser despertados de su sueño. Dice Nuestro Señor: “Nuestro amigo Lázaro duerme; más yo voy a despertarle del sueño.” (Jn., XI, 11) “No está muerta la niña sino dormida.” (Mt., X, 24) Los habitantes del del Cementerio son aquellos que “descansan de sus trabajos;” (Apoc., XIV, 13) “aquellos que duermen.” (Tes., IV, 12)

4. LA INHUMACION TIENE ENTERA CONFORMIDAD CON CRISTO NUESTRO JEFE.

Nosotros, como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, debemos ser semejantes a El en todo. Si queremos participar en la gloria de su Resurrección, hemos primero de compartir con El su tumba. Así como dice San Pablo: “Si hemos sido injertados con El por medio de la representación de su muerte, igualmente lo hemos de ser representando su resurrección.” (Rom., VI, 5)

En conclusión se hará un breve comentario acerca de los argumentos que ordinariamente se aducen en favor de la cremación.

1. No existe prueba científica de que las emanaciones de los Cementerios, rurales o urbanos, hayan influído en las enfermedades epidemias, o pestes. La corrupción del cuerpo se efectúa varios pies debajo de la tierra, y debido a la pequeña cantidad de oxigeno, resultan pocas emanaciones. Todas aquellas que puedan ocurrir las absorbe y desinfecta la tierra.

2. Ni hay prueba científica para demostrar que el agua de lluvia se contamina con los microbios de cuerpos en descomposición. Si la pequeña cantidad de agua lluviosa que pudiera penetrar la sepultura se contaminara, sería en cambio purificada y desinfectada por la tierra.

3. Las exhalaciones de la tumbas son ineficaces para envenenar la atmósfera. La mayor parte de los gases, ya sea a causa de la compresión subterránea, ya por su combinación con varios elementos de la tierra, no llega a la superficie de ésta.

La cantidad insignificante de gases que aparece sobre la superficie y se esparce libremente en el aire es insuficiente para dañar aun al individuo más susceptible. Se ha probado que se originan más gases en un salón lleno de gente que los que se puedan producir en los Cementerios en un año.

4. Pero, ¿invadirán, con el tiempo, las ciudades de los finados a las de los vivientes? La manera satisfactoria y eficiente de los poblaciones rurales y ciudades mayores en resolver este problema es suficiente garantía para disipar todo temor sobre este punto.

5. Se afirma que la cremación evita que una persona se entierre viva. ¿Será permitido incinerar a una persona para matarla si no esta muerta? Por lo demás, ¿qué alternativa será peor, la de ser quemado vivo o la de ser asfixiado en la sepultura?

La ciencia, por cierto, está bastante avanzada para determinar, por medios satisfactorios, si una persona tiene vida aún, sin necesidad de valerse para esto de la cremación. En estos tiempos los cadáveres suelen embalsamarse antes del funeral. No hay cuerpo embalsamado que pueda vivir.

La cremación apoya el crimen, pues hace imposible la averiguación de casos de envenenamiento. Efectivamente destruye todos los venenos orgánicos del cuerpo. Se hace inútil el examen médico, puesto que las cenizas pueden fácilmente dispersarse, o reponerse, o mezclarse con otras.

La Cremación es contraria a la conservación tradicional de los cuerpos de los santos, cuyo proceso de canonización está íntimamente asociada a los milagros obrados en los cuerpos de los Santos y por medio de los mismos cuerpos.

Por último. Como verdaderos católicos debemos aceptar la muerte y la disolución del cuerpo, como pena de pecado. Y a la vez consideraremos el entierro en el sepulcro como un sueño del cual despertaremos en el glorioso día de la resurrección. Y también procuremos hacer un esmerado estudio de las ceremonias fúnebres para penetrarnos de su significado.

Gran parte de este escrito esta tomado del libro: “Cuestiones Modernas” A la luz de los principios cristianos y de las enseñanzas de las Encíclicas Papales. Por el Rev. Padre Rodolfo G. Bandas.

Mons. Martin Davila Gandara

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