La sagrada vocación del matrimonio exige servir a Dios

MES DE LA SAGRADA FAMILIA

Hoy en día, servir y cumplir la voluntad de Dios en la sagrada vocación del matrimonio es sumamente difícil, ya que esto equivale cumplir el fin y principal mandato que El Señor ha dado a los hombres en el matrimonio en representación de Adán y Eva: “Creced y multiplicaos”

Y si decimos que es difícil cumplir esta misión, es porque desde décadas atrás:  se ha ido cambiando, la mentalidad al hombre y a la mujer, trasplantándole como una segunda piel un egoísmo y un individualismo atroz, por medio del laicismo ateo y materialista que desde hace muchísimos años ha venido imperando en la educación y en las escuelas en el mundo.

La planificación familiar, el aborto, y la esterilización y castración actual para no tener hijos son algunas de las consecuencias lógicas de la filosofía materialista inculcada en nuestras escuelas del Estado por décadas de enseñanza laicista y que gradualmente y en mucho de los casos ingenuamente ha sido puesta en práctica por una buena parte de los matrimonios.

Si el hombre no es más que un compuesto de elementos químicos, si la vida consiste únicamente de materia moldeada en forma más complicada, si el libre albedrio y el pensamiento no son más que oscilaciones de las moléculas del cerebro, si no hay alma, ni vida futura, ni Dios, entonces bien se puede comprender el ruin concepto que los materialistas tienen de la vida humana, y la razón de eliminar a cuantos hayan agotado su utilidad y energía.

En 1974 del siglo pasado en la Conferencia de Población de Bucarest los Organismos Internacionales han planeado y han buscado como su principal objetivo: Reducir la población actual hasta 50%, exterminando en los siguientes años al mayor número de personas mediante el control de población y la planificación familiar.

 Las estrategias de tan perverso plan serían: aprobación del aborto y la anticoncepción, control mundial de las enfermedades y la sanidad, difusión del hambre y la pobreza, favorecimiento de las guerras, control de los recursos naturales, fomento de la homosexualidad, control de los medios de comunicación y de la educación sexual en la escuela, ataque a la Iglesia Católica y los grupos que defiendan la vida, la educación y la familia.

 Y este siniestro plan se vino reglamentado, en 1994, en la V Conferencia mundial del Cairo. Allí se promulgan los derechos reproductivos que permiten destruir vidas mediante el aborto, la anticoncepción y una vida sexual desordenada.

 Los esposos que están en edad de procrear, y que quieren hacer la voluntad de Dios cumpliendo la misión que Él, les ha impuesto, no solamente tienen que luchar contra estas corrientes y fuerzas malignas que gobiernan este mundo, sino también contra sus propias familias, y vemos que las propias madres o suegras o tías, los presionan con frases como esta, para que traen tantos hijos ha sufrir a esta vida, no sean tontos la familia pequeña vive mejor etc.

 Pero ante todo esto, los buenos esposos católicos  y las personas sencillas y comunes, deben de ser sensatos y pensar y reflexionar por si solos, y cuestionarse su estancia en este mundo.

 Y una de las preguntas que tanto se hace el ser humano es: ¿Por qué estamos en este mundo? Y la fe nos contesta: El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios en este mundo.

 La meditación y la reflexión del fin del hombre es de tal importancia que se hace necesario, para nosotros recordar repetidas veces, las verdades que nos son indispensables para conformar nuestra vida con los dictámenes de Dios.

Ya que si llegamos a quedar penetrados de que somos de Dios y de que a El se lo debemos todo, entonces nuestra vida será buena y santa.

Decimos, que el hombre ante todo fue creado para servir a Dios: ya que El es Nuestro Señor y nosotros sus siervos.

Este servicio debe de consistir: en observar sus mandamientos, en obedecer a su Iglesia, en escuchar la voz de nuestra conciencia, en respetar a nuestros padres y superiores, en aceptar los males que Dios permite, y sobre todo en cumplir con la vocación a la cual hemos sido llamados, puesto que de ahí depende en gran parte el que se cumplan los designios que Dios tenga sobre nosotros.

Servir a Dios es  uno de los fines principales de la vocación sagrada del matrimonio. Volúmenes enteros de comentarios a las Sagradas Escrituras, las enseñanzas de los primeros padres de la Iglesia y los argumentos de los teólogos, nos aducen y demuestran que Dios, al crear al hombre y la mujer, se propuso, ante todo, asegurar la perpetuación de la humanidad.

Es por eso, que Dios da, Su primer mandamiento de “Creced y multiplicaos” a nuestros primeros padres Adán y a Eva. Y por lo mismo,  S. Pablo ha dicho que la mujer se salvará por la maternidad, y esta declaración se aplica al hombre con igual vigor. La misma palabra matrimonio se deriva de matris y  monium, que significan el oficio y la función de la maternidad.

Por lo tanto, toda la ventura del matrimonio depende de que se reconozca que su finalidad es el nacimiento y la crianza de los hijos. Admitiendo este propósito como propio, se acepta uno de los mayores dones de Nuestro Señor, ya que se comparte Su poder creador y redentor con la procreación de los hijos.

Cuando los esposos engendran un hijo es fácil que contemplen este maravilloso acontecimiento sin reflexionar. No obstante, recordemos cuando Adán y Eva fueron levantados del limo de la tierra, los cielos proclamaron la gloria de Dios. Si el cielo,  todavía se regocija con el nacimiento de un ser humano, ¿por qué no ustedes?

Ya que se les permite colaborar en la magnifica obra de la creación cada vez que realizan los actos a propósito para la generación de una nueva vida humana. Y cada hijo que Dios les concede es para que lo traten como manda Cristo. Es por eso que ustedes esposos son el primer maestro de sus hijos y también su santificador, y por lo mismo,  su hogar debe llegar a ser como un pequeño santuario.

La tarea que Dios quiere que realicen en el matrimonio es tan santa que, como católicos, deberían estar con ansia reverente para realizarla, de la misma manera que el sacerdote ansía cumplir la labor prescrita por las Sagradas Órdenes.

Todos los católicos miran con veneración la vocación sacerdotal y tratan con respeto al sacerdote.

Algunos deberes sacerdotales pueden atraer menos que otros a un aspirante a las Sagradas Órdenes y,  no obstante, acepta todas sus obligaciones como parte integrante de su misión.

Supongamos que el acto de confesar a los fieles no fuese de su gusto y que después de ordenarse se negase a cumplir con esta fase de su misión. Lógicamente, esto produciría nuestra sorpresa. Y cabría pensar que un hombre así carecería de los ideales esenciales al estado de vida sacerdotal.

Y por tanto no se entregaría en cuerpo y alma al sacerdocio; y por lo mismo no aplicaría completamente en la vida diaria los ideales de Cristo. y entraría en su vocación careciendo de verdadero ánimo para cargar con sus responsabilidades y su estado mental daría por resultado una tragedia para sí y un perjuicio para la Iglesia y los fieles.

¿No cabría sacar la misma conclusión respecto del hombre y de la mujer que se acercasen al sacramento del matrimonio habiendo resuelto de antemano que tendrán un hijo solamente después de unos cuantos años o queriendo limitar su prole a dos o tres hijos? ¿Qué diríamos de quienes aceptan en su fuero interno el matrimonio mientras no presente demasiados problemas, mientras el esposo se comporte bien o mientras la esposa siga siendo atractiva, teniendo en la mente, como única alternativa, la separación o el divorcio?

Igualmente estos esposos tratan de evadirse, de reformar las leyes divinas para eludir sus deberes, pero sin dejar de aprovecharse de los privilegios.

Que el matrimonio sea duradero y feliz, depende únicamente de la capacidad de sacrificio y abnegación de  ambos contrayentes  en aras de los ideales de su vocación.

Un sacerdote es tanto más feliz cuanto más enteramente se entrega, con abnegación y sin condiciones, a la misión que le imponen las Sagradas Órdenes. Análogamente, un matrimonio es tanto más feliz cuanto más abnegadamente se dedica y entregan, no sólo el uno al otro al cien por cien, sino a los fines del matrimonio, siendo el principal la procreación.

¿Qué provecho tendrá una pareja que goce de su compañía conyugal si, por egoísmo, contribuye poco o nada al Reino de Dios o la humanidad?

Ya que, con ese egoísmo, ya no están valorando que Dios mismo ha convertido al hombre en participe y compañero en la  procreación y en la difusión de la vida, para volver a crear cada día ese milagro que está encerrado en cada niño que nace.

Y por lo mismo, ya no considera a la vida como un don espléndido de Dios, una realidad sagrada confiada a su responsabilidad y a su amorosa custodia, y a su veneración. Ahora busca y se afana en programar, controlar, dominar el nacimiento y la muerte, incapaz de dejarse interrogar acerca del sentido más auténtico de su existencia.

Deben esposos, recordar que en mucho de los casos, la planificación familiar, el aborto, la esterilización y castración para no tener hijos está basada en un concepto erróneo de la vida; en un sistema según el cual el placer, y únicamente el placer, es la ley suprema y objeto de ella. Empero el fin del hombre sobre la tierra no es el placer, sino conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y si cumple con este fin,serán felices con El en la otra vida.

El misterio grande e inefable de la vida y de su sentido no recibe respuesta sino al interior de la dimensión sagrada y trascendente del hombre. La vida del hombre no puede recibir plenitud del sentido sino en Dios. Es por eso que debemos de recordar que Dios solamente es el Señor Supremo de todas las cosas,  el Dueño de la vida y muerte, y el hombre depende esencialmente y en todo su ser de su Creador. “Ora, pues, vivamos, ora muramos, del Señor somos.” dice S. Pablo (Rom. XIV, 8.)

La vida viene a nuestro cuerpo con el alma. Ahora bien, ni nosotros mismos, ni otro ser humano es el autor de nuestra alma y de nuestra vida. Dios sólo puede criar el alma, y por consiguiente El sólo es el dueño de nuestra vida.

Más Dios no es únicamente nuestro Creador, sino también nuestro Último Fin y tiene el derecho de exigir que tendamos hacia El, haciendo uso de los medios que El nos ha suministrado. Nuestro período de vida y el de probación son medios que El ha determinado, los cuales no estamos en libertad de abreviar o de eliminar.

Ahora bien, hoy en día hay madres católicas que están sufriendo terribles tentaciones por la presiones de esta humanidad egoísta y hedonista. Si éstas tienen uno o dos hijos y si están esperando uno más, los médicos y enfermeras les ponen un panorama terrible, diciéndoles que aborten, ya que ese niño puede tener problemas cromosómicos, que para qué trae a la vida un niño así, y después de este panorama nada alentador, las presiones siguen de parte de éstos, exigiéndoles que se operen y no tengan más hijos, ya que el siguiente embarazo les puede costar la vida y que sería irresponsable otro embarazo.

Estas madres atribuladas deben de reflexionar, que el sufrimiento es una de las pruebas importantes en este mundo y que nos hace idóneos para labrar nuestro destino. Si no fuera por las pruebas y tribulaciones, muchos apenas se acordarían de la vida futura y de su fin verdadero.

Los padecimientos nos hacen recordar que no tenemos aquí una “ciudad permanente” sino que aspiramos a una que está por venir. Además, son los sufrimientos ocasión de ejercer las virtudes de paciencia, resignación, confianza y desprendimiento de los bienes temporales. Son un medio muy eficaz para purgar nuestras culpas y merecer la eterna bienaventuranza. “Porque las aflicciones tan breves y tan ligeras de la vida presente,” dice S. Pablo, “nos producen el eterno peso de una sublime e incomparable gloria.” (II Cor. IV, 17.) Y añade el Apóstol que los sufrimientos de este mundo no son para compararse con la gloria que nos está prometida. Seremos glorificados con Cristo solamente si padecemos con El.

Por último, los esposos que quieran andar su camino en la vida disfrutando de la plenitud  de la gracia, y se consagran al servicio de la gloria de Dios, y pasan por la vida mirando por las cosas que los llevan al cielo y llevan animosamente su cruz a cuestas. Y saben que, sean cuales fueren las adversidades que los asalten, Dios está con ellos. Y cada uno ve a Dios en el otro y en sus hijos y aprovecha la oportunidad de servir a Dios cotidianamente, en maneras diversas, en tareas ordinarias.

Puede decirse que estos esposos, realmente se han consagrado a sí mismos al Eterno Dios.

Gran parte de este escrito fue tomado del libro Manual del Matrimonio Católico del Rev. Padre George A. Kelly.

Mons. Martin Davila Gandara

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