La multiplicación de los panes, figura de la Eucaristía

Jesús tomó los panes, y , después de haber dado gracias, los repartió entre los que estaban sentados” (Jn., VI, 11)

En el cuarto domingo de Cuaresma, nos narra uno de los dos milagros que realizó Nuestro Señor Jesucristo, acerca de la multiplicación de los panes.

¡Cuán admirables son la bondad y el poder de Jesús! ¡Y cuán admirable es también la dicha de aquel pueblo en cuyo favor multiplicó Nuestro Señor los panes!

Pues bien, este milagro es figura del prodigio eucarístico, del banquete divino, al que Nuestro Salvador nos convida cada día para alimentar nuestra alma en forma todavía más admirable que aquella con que alimentó a la muchedumbre en el desierto.

Por lo tanto. Vamos a considerar: 1. Las circunstancias que preceden al milagro; 2. las que le acompañan y el mismo milagro; 3. las que le siguen. En ellas veremos cuáles deben ser nuestra preparación, nuestra comunión y nuestra acción de gracias.

Circunstancias que preceden al milagro.

Cada una de estas circunstancias es una lección para nosotros.

1.- Aquella muchedumbre manifiesta su fe, siguiendo a Jesús, yendo a buscarlo desde tan lejos y a costa de tan grandes fatigas. Ahora bien nosotros, ¿manifestamos a Jesús esta buena voluntad? Lamentablemente, ¡cuán pocos son los que lo hacen!

¡Cuántos se convierten en indignos de los divinos favores por su falta de fe y de amor! Y sin embargo si el mundo los llama a sus banquetes y fiestas, ellos corren allí. Pero, ¡qué negligencia en buscar a Jesús, en seguirle, en obedecerle!

2.- En el desierto es donde vemos que el pueblo encuentra a Jesús y recibe sus beneficios. También nosotros para participar del divino banquete de la Eucaristía hay que preparar nuestra alma con un poco de retiro, y dejar por algún tiempo las solicitudes temporales, las diversiones, las distracciones mundanas.

3.- Jesús prepara a las muchedumbres para el milagro que por ellas va a obrar, instruyéndolas y conversando sobre el reino de Dios. También la Iglesia invita a sus hijos para que vengan a oír la palabra de Dios más asiduamente durante la Cuaresma.

¡Cuántos cristianos tienen un conocimiento sumamente superficial e incompleto de los misterios de la religión y de los sacramentos que deben recibir!; y ¡cuán desastrosa es esta ignorancia!

Por que, si el servidor no conoce el valor del dinero que su patrón le ha dado para negociar, ¿podrá negociarlo efectivamente y responder con fidelidad a los deseos y a la voluntad de su señor?

4.- Jesús curó a los que necesitaban, y los curó antes de darles de comer. He ahí la figura del sacramento de la Penitencia, el cual ordinariamente debe preceder a la sagrada comunión. Antes de recibir la Eucaristía debemos curar nuestras enfermedades espirituales.

Cuando queremos guardar en un vaso algún licor muy delicado, comenzamos por limpiar bien y purificar el vaso, a fin de cada nada pueda corromper aquel perfume o aquel licor.

5.- Veamos la obediencia y la confianza absoluta de aquellas gentes: al mandato de Jesús se sentaron sobre las hierbas, en grupos, y esperando cada cual su turno. Hay aquí una doble instrucción:

a) Según los Santos Padres, sentarse sobre la hierba quiere decir pisar todas las concupiscencias de la carne, y renunciar a las malas costumbres.

b) Después, cada cual debe acercarse a la sagrada Mesa según el orden establecido, con decoro y modestia.

La circunstancias del milagro y el mismo milagro.

1.- Notemos la bondad y la ternura de corazón que se trasparenta en las palabras de Jesucristo: “Tengo compasión de estas gentes, hace tres días que me siguen y no tienen qué comer; si los envió a sus casas en ayunas, desfallecerán”.

De igual manera, el Salvador tiene piedad de nuestras almas, expuestas a tantos peligros en el desierto de este mundo; y como un padre cariñoso, provee a nuestras necesidades.

2.- Jesús hizo que le llevasen los panes, los tomó en sus manos divinas, levantó sus ojos al cielo, dió gracias a su Padre, después bendijo los panes, los partió y los distribuyó a sus Apóstoles que, a su vez, los distribuyeron a la muchedumbre; y a medida que se distribuyen, se multiplican de una manera prodigiosa.

Figura de lo que pasó, un año más tarde, en el Cenáculo, cuando Jesús instituyó la Eucaristía; y de lo que aún cada día sucede en nuestros altares, donde Jesucristo renueva esta maravilla inefable, cambiando el pan en su Cuerpo, y haciéndolo distribuir a los fieles por sus sacerdotes.

Y este milagro lo hace Jesús, no una sola vez, sino miles de veces cada día, donde quiera haya un sacerdote y un altar. Es por eso que canta la Iglesia en la secuencia de la fiesta de Corpus Christi: “Recíbelo uno, recíbelo mil; y aquél le toma tanto como éstos, pues no se consume al ser tomado”. ¡Oh bondad y caridad admirable de Nuestro Dios!

3.- Todos quedaron saciados. ¡Dichoso el cristiano que tienen hambre de la gracia y del sagrado Cuerpo del Salvador! Precisamente esto mismo se preguntaba el Santo Job: “¿Quién habrá que no se haya saciado de su carne?” (Job, XXXI, 31). Por lo mismo, ¡Oh! buen cristiano ven para sentarte en este divino banquete, con humildad, fe y amor, y también serás saciado, fortalecido y lleno de delicias y de celestiales consuelos.

Pero, ¡Qué espectáculo tan triste! Debido, a que hay cristianos ingratos que se niegan a recibir este divino manjar, otros lo reciben indignamente; otros, tibios o indiferentes, que se acercan a la comunión por rutina, sólo por complacer a sus padres o familiares. Precisamente, esto es lo que decía San Pablo a los Corintios: “Por esto hay entre vosotros muchos flacos y débiles y muchos dormidos” (I Cor., XI, 30).

Circunstancias que siguen al milagro.

1.- Nuestro Señor dijo en seguida: “Recoged los trozos que han sobrado, para que no se pierdan”. Esta viene siendo una doble recomendación:

a) A los Apóstoles y a los sacerdotes, de conservar esmeradamente la divina Eucaristía y de llevarla a los enfermos.

b) A los fieles, de conservar religiosamente los frutos y las gracias de la Comunión, por miedo de que se pierdan.

¡A cuántos falta esta vigilancia, este cuidado, e injurian a Nuestro Señor recibiendo dones tan inestimables, y les sucede como dice el profeta Ageo: “Coméis y no os saciáis; bebéis, y nos os hartáis” (Ageo, I, 6).

2.- Aquella muchedumbre dejo desbordar su gratitud exaltando a Jesús y reconociéndolo como Mesías. ¿Cuál es nuestra acción de gracias después de la Comunión? Y sin embargo ¡cuántos están allí insensibles como piedras!

¿Por qué perder este momento tan dulce, esta ocasión tan preciosa e conmover el Corazón de Jesús y de obtener de Él nuevas gracias? Por lo mismo, debemos de tener para con Él, actos de adoración, de acción de gracias, de suplicas, y de satisfacción.

3.- Aquella buena gente quiso apoderarse de Jesús y proclamarlo Rey. ¡Ah! ¡Quisiera Dios que nosotros tuviésemos después de nuestras comuniones un entusiasmo igual! Por lo tanto, postrémonos a los pies de Jesús, entreguémonos a Él completamente, reconociéndole por nuestro Dueño y Rey de nuestros corazones.

¡Oh, que el Señor se digne reinar sobre nosotros, que nos purifique, nos santifique y nos haga dignos del cielo!

Por último. Meditemos estos pensamientos, examinémonos sobre las comuniones anteriores; pidamos perdón de nuestras negligencias, y prometamos a Nuestro señor poner desde ahora todos nuestros esfuerzos en recibir con mayor frecuencia, y sobre todo con más devoción y fruto, a fin de no vivir sino para Él, esperando la dicha de gozar con Jesucristo eternamente en el Paraíso.

Gran parte de este escrito fue tomado del libro: “Archivo Homilético” de J. Thiriet – P. Pezzali.

Mons. Martin Davila Gandara

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