Jesús alegría del Cielo y alegría de laTierra

“Os anunciamos un gozo inmenso, os ha nacido El Salvador” (Lc., II, 11)

IMG-20161225-WA0005Queridos hermanos: La Iglesia Católica celebra el 25 de diciembre, la Navidad, o sea el nacimiento humano, en Belén, de Jesús, el Hijo de Dios, Salvador del mundo, el Verbo, a quien engendra el Padre desde toda la eternidad en el cielo, tomando naturaleza humana en el seno de la Virgen María, quien le da realmente su carne, y nace en una gruta.

No cabe duda que el carácter dominante de la fiesta de Navidad es la alegría. Porque ese pesebre con vertido en cuna de un niño que tiembla de frío, ha sido fuente de una alegría universal, fuente que emana hace veinte siglos sin extinguirse y que cada año, a pesar de todas las calamidades que han azotado a la humanidad, la hace estremecerse con un júbilo incomparable.

Pero lo más notable es que en esta alegría descubrimos dos caracteres, al parecer, opuestos. Porque notamos una alegría infantil, ingenua, candorosa, como la sonrisa de un niño. Y al mismo tiempo es una alegría majestuosa, serena, independiente de las vicisitudes de los tiempos, que se cierne por encima de todos los acontecimientos humanos y va a perderse en el fondo de la eternidad.

Es decir, es una alegría que brota de la tierra, como su más exquisito fruto, y es una alegría que destilan los cielos, que en esta ocasión se han convertido en miel de dulzura y suavidad. En una palabra, es una alegría celestial y terrestre, divina y humana.

Y con razón, porque esta alegría no es algo abstracto ni mucho menos imaginario o ilusorio, sino que está perfectamente personificada. Ya que esta alegría es JESUS.

Las constantes súplicas de la Iglesia durante el Adviento, y sobre todo en el introito del Domingo IV, han sido escuchadas: “Y los cielos han hecho descender al Justo como un rocío celestial, y la tierra se ha abierto y ha germinado El Salvador”. JESUS, EN EFECTO, ES LA ALEGRIA DEL CIELO Y LA ALEGRIA DE LA TIERRA.

Jesús alegría del Cielo

Jesús es la alegría de la Patria Celestial, es su gozo infinito, es su fiesta perpetua, es su bienaventuranza; ya que el gozo perfecto no es otra cosa que el fruto consumado del amor. Porque el que empieza a amar desea unirse con la persona amada o poseerla.

Entonces el amor es deseo, deseo que se va agitando y que como un acicate nos estimula para realizar esa unión. Y es cuando al fin el amante y el amado se unen y se poseen, todo deseo queda satisfecho y todo anhelo cumplido.

Y esa satisfacción profunda, esa fruición íntima es lo que se llama gozo, o como decía Nuestro Señor, es el gozo pleno; el gozo que nadie nos puede arrebatar.

Así es sobre todo el gozo de Dios. El Padre ama a su Verbo, al Hijo de sus eternas complacencias. Es como dice el Libro de Sabiduría, VII, 26: “Es el esplendor de la luz eterna, el espejo sin mancha de su hermosura e imagen de su bondad”.

Y ese amor no es el amor incipiente que sólo se traduce en deseos y aspiraciones, sino el amor perfecto que es unión y posesión suma e inamisible. El amor que los une, que los enlaza, que los hace mutuamente poseerse, es el amor personal, el Espíritu Santo.

Más todavía, esa unión y posesión llega hasta la unidad absoluta, puesto que las Tres Personas de la Trinidad Augusta son un solo y único Dios. Por eso Jesús es la alegría del cielo, el gozo del Padre y la gran fiesta de la Trinidad Beatísima.

Jesús es la alegría de la Tierra.IMG-20161225-WA0006

Pero también Jesús es alegría de la tierra. Para convencernos de ello, bastaría imaginarnos lo que sería del mundo si no existiera Jesús, si el misterio de la Encarnación no se hubiera realizado.

Para darnos cuenta de esta situación, ¿bastaría imaginarnos lo que era el mundo antes de la venida de Cristo? Pero, aun así, es imposible darnos cuenta, ya que esos largos siglos que precedieron al misterio de Nazareth estuvieron dulcemente iluminados por la esperanza de la venida de Jesús.

Toda la religión del Antiguo Testamento se compendiaba en un deseo gigantesco, en un anhelo incontenible, cuyo objeto era el Mesías o sea Jesús, el Salvador, el Deseado de todas las naciones.

De manera que en cierto modo, Jesús no estaba ausente del mundo. Porque desearlo es ya de alguna manera poseerlo.

Para formarnos una idea exacta de lo que sería el mundo sin Jesús, sería preciso conocer lo que es el infierno. Porque, ¿qué es el infierno? Es un lugar donde Jesús está ausente: porque ahí ni se le ama y ni siquiera se le desea.

El pobre réprobo quisiera amar a Jesús, quisiera desearlo a lo menos, porque comprende, con una viveza de la que no podemos formarnos idea en este mundo, que El es la única, la suprema, la divina alegría de cual tiene hambre todo su ser.

Pero es imposible al condenado amar, ni desear a Jesús, porque su voluntad está confirmada en el mal, y desde ese momento es imposible que de ella pueda nacer el más insignificante sentimiento noble y bueno.

La tierra sin Jesús sería un verdadero infierno; la tierra con Jesús es un cielo anticipado. El es la verdadera y única fuente de alegría pura y santa.

Por eso, cuando nació en Belén, en aquella primera e inolvidable Navidad, apareció sobre la tierra la alegría y pudieron los ángeles decir a todos los hombres: “Os anunciamos un gran gozo, os ha nacido El Salvador”.

La Eucaristía, que no es otra cosa que un constante Belén y una perpetua Navidad. Porque acaso: ¿no es la suprema fuente de consuelo y el lugar de cita de todos los que sufren? ¿Qué pena ha desgarrado al corazón del hombre que no haya encontrado consuelo al pie del Sagrario? ¿Qué duelos no ha transfigurado? ¿Qué orfandades no ha protegido? ¿Qué soledades del corazón no ha llenado con su plenitud?

Hace más de viente siglos que desde la Hostia amada de Jesús no deja de clamar: “¡Venid a Mi todos los que sufren, que Yo los consolaré! No cabe duda, Jesús es también la alegría de la tierra.

Pero, entremos, pues, en el Espíritu de la Iglesia y llenémonos de una alegría ingenua, infantil, candorosa, y al mismo tiempo divina, y como todo lo divino, es inmutable, inamisible y eterna; no como de esa alegría ruidosa del mundo, superficial y vana.

Sino de ese gozo íntimo que brota de las más hondas profundidades del alma y que tiene su fuente en ese Niño encantador, cuya sonrisa celestial nos revela la sonrisa eterna de Dios y es una prenda segura de su amor, de su perdón, de su misericordia y de su complacencia.

Este colosal hecho anunciado por los ángeles de que: “Jesús ha nacido para nosotros”. Es nuestro principal motivo de alegría. Ya que la alegría del cielo ha aparecido en la tierra, y con ella, el gozo de la patria celestial se ha hecho nuestro. Porque, acaso Jesús ¿No es una fuente inagotable de alegría?

Y este Belén, esta cuna donde nació Cristo no se encuentra en un rincón de Palestina, ni a veinte siglos de distancia, la tenemos a un paso de nosotros, en el Sagrario. Quien puede recibir cada mañana a Jesús en la Hostia Santa, quien tiene la dicha de vivir a la sombra de un Sagrario, ¿cómo puede estar triste?

Todo el secreto de la alegría cristiana está en el amor; porque si Jesús es la única fuente de alegría que existe sobre la tierra, para vivir alegres no hay más que poseerlo, y lo que nos hace poseer a Jesús es el amor.

Cuando amamos, lo poseemos, y al venir a nacer en nuestro corazón, viene siempre trayéndonos su don, su don por excelencia que es la paz, ya que El mismo nos ha dicho: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”. Por eso, sobre la cuna de Belén, los ángeles cantaron: “¡Paz a los hombres de buena voluntad!”

El verdadero gozo de la tierra, el que es como preludio de la bienaventuranza del cielo; viene de una alma serena y establecida en la paz. Misma que es capaz de sosegar todas las pasiones, y de aquietar todos los deseos.

Concluyamos, con la consideración, de los tres elementos de nuestra alegría y felicidad sobre la tierra, cuales son: el amor, el gozo y la paz. Siendo esta, como una Trilogía divina que se encuentra sinterizada en el Niño de Belén. Misma que Jesús inmortalizó en su adorable Eucaristía.

Por último, queridos hermanos. Les deseo a todos una Feliz Navidad este año 2016 y les hago llegar con cariño mi bendición Episcopal.

Mons. Martin Davila Gandara

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