Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos

Dales, Señor, el eterno descanso, y alúmbreles la luz eterna”


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E
l 2 de Noviembre, es el día de la “Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos”, en la cual nuestra común y piadosa madre la Iglesia, después de haber tratado de honrar con dignos loores a todos los hijos suyos que tiene ya gozando en el cielo, se esfuerza por ayudar con poderosos sufragios cerca de Cristo, su Esposo y Señor, a todos los que aún gimen en el purgatorio, a fin de que cuanto antes se sumen a la sociedad de los moradores de la Ciudad Celestial.

La fiesta de Todos los Santos nos trae, como naturalmente, a la memoria el recuerdo de las almas santas que, cautivas en el purgatorio para expiar en él sus culpas veniales o bien para satisfacer la pena temporal debida por sus pecados, están, sin embargo, confirmadas en gracia, y algún día entraran en el cielo.

Así que, después de haber celebrado la Iglesia en medio del regocijo la gloria de los Santos que constituyen la Iglesia triunfante o del cielo, la Iglesia militante o de la tierra extiende su maternal solicitud hasta aquel lugar de indecibles tormentos en que se ven sumidas las almas que también pertenecen a la Iglesia, a la Iglesia que llamamos purgante.

En ninguna parte como aquí anuncia la liturgia de una manera tan explícita la misteriosa trabazón que estrecha a la Iglesia triunfante con la militante y la purgante, y nunca tampoco aparece más claro el doble deber de caridad y de justicia que fluye naturalmente de su misma incorporación al cuerpo místico de Cristo.

Sabemos que, en virtud del dogma de la Comunión de los santos, los méritos y sufragios de los unos vienen a ser también de los demás, en virtud de una comunidad de bienes espirituales.

De manera que, sin mermar los derechos de la divina justicia, que con todo rigor se nos aplican al fin de nuestra vida, la Iglesia puede unir aquí su oración con la del cielo y suplir por lo que falta a las almas del Purgatorio, ofreciendo a Dios por ellas, mediante la santa Misa, las indulgencias las limosnas y los sacrificios de sus hijos, los méritos sobreabundantes de la Pasión de Cristo y de sus místicos miembros.

De ahí que la liturgia, ha sido siempre el medio empleado por la Iglesia para practicar con los Fieles Difuntos el deber principalísimo de la caridad, que nos manda atender a las necesidades del prójimo, cual si fueran nuestras, en virtud siempre de ese lazo sobrenatural y apetradísimo que une en Jesús al cielo con la tierra y el Purgatorio.

La liturgia de los Difuntos es tal vez la más hermosa y más consoladora de todas. A diario, al fin de las Horas del Oficio divino, se encomiendan a la misericordia divina las almas todas de los Fieles Difuntos.

En la Misa el sacerdote ofrece el Sacrificio por los vivos y los muertos, y en un Memento (o recuerdo) especial, pide al Señor se acuerde de sus siervos y siervas que, habiendo muerto en Cristo, duermen a hora el sueño de la paz y le haga pasar al lugar de refrigerio de luz y de paz.

La solemne conmemoración de todos los Fieles Difuntos se debe a San Odilón, cuarto abad del célebre Monasterio benedictino de Cluny. Él fue quien la instituyó en 998, y mandó celebrarla en un día como hoy.

La influencia de aquella ilustre y poderosa Congregación hizo que se adoptará bien pronto este uso en todo el orbe1 cristiano, y que este día fuese en algunas partes fiesta de guardar. En España, en Portugal y en América del Sur que de ella dependían, Benedicto XIV había concedido celebrar tres misas el 2 de Noviembre, y Benedicto XV, el 10 de Agosto de 1915, autorizó lo mismo a todos los sacerdotes del mundo católico.

La Iglesia nos recuerda en una Epístola, sacada de San Pablo, que los muertos resucitarán, y nos manda esperar, porque en este día nos tornaremos a ver todos en el Señor. La Secuencia de la Misa, describe gráficamente el Juicio Final, en que los buenos serán separados por siempre de los malos.

El Ofertorio recuerda que San Miguel es quien introduce las almas en el cielo, porque dicen las oraciones de la recomendación del alma, él es el jefe de la milicia celestial, entre la cual se han de poner los hombres, ocupando los sitiales dejados vacíos por los ángeles malos.

El Concilio de Trento declara que: “Las almas del Purgatorio, son socorridas por los sufragios de los fieles y, señaladamente por el Sacrificio del altar”.

Y la razón es que, en la Santa Misa el sacerdote ofrece oficialmente a Dios el precio de las almas, la Sangre del Salvador. Jesús mismo está presente bajo las especies de pan y vino, que recuerdan al Padre el Sacrificio del Gólgota, y asegura la aplicación de su virtud expiadora a esas almas.

En virtud de la santa institución de la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, la Santa Sede, en tiempos de Pío XI concede la indulgencia Plenaria “toties quoties”, aplicable a los Difuntos.

Para ganar esta Indulgencia Plenaria es necesario: Confesarse o estar en gracia de Dios, recibir la Sta. Comunión y visitar una Iglesia (donde este realmente el Santísimo) en este día o el domingo siguiente si se tiene incapacidad, rogar por las intenciones del Papa verdadero o por las intenciones de la Iglesia rezando cada vez seis Padrenuestros, seis Ave María y seis Gloria. (S. Pen. 5 de Julio 1930 y 2 de Enero 1939)

Por último. Asistamos en este día al Santo Sacrificio de la Misa. En él pide la Iglesia a Dios conceda a los difuntos, que no pueden valerse a sí mismos, la remisión de todos sus pecados y el eterno descanso. Visitemos los cementerios en donde descansan sus cuerpos, hasta el día en que suene la trompeta y resuciten para revertirse de la inmortalidad y alcanzar, por Jesucristo, la victoria sobre la muerte.

Mons. Martin Davila Gandara

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